domingo, 28 de noviembre de 2010

El concierto de los peces

Últimamente he ido adquiriendo literatura escandinava, Nunca pensé que podría encontrar pequeñas joyas como las que gracias a Paco, el buen librero propietario de "Lletres" en Alicante, y a otros bloggeros tan insanos lectores como yo mismo, han terminado por caer en mis manos.

La última es "El concierto de los peces", una encantadora obra para leer este invierno, escrita por Halldór Laxness, que además fue premio nobel de literatura en 1955 (lo cual, como todos sabemos, puede significar mucho o poco). En todo caso, este libro, de cierto tono costumbrista pero al mismo tiemplo plagado de seres curiosos, extraños incluso, es un estupendo comienzo para zambullirse en una literatura no muy conocida, como es la islandesa. Como sobre gustos no hay nada escrito, para mí, "Arde el musgo gris" de Viljalhmsson es mejor, pero también más dura, menos asequible, por lo que esa sería mi segunda recomendación.

Transcribo a continuación las primeras líneas de "El concierto de los peces" para ir abriendo boca...

“Un sabio afirmó que, aparte de perder a su madre, para un niño no hay nada más sano que perder a su padre. Aunque lejos de mí suscribir en su integridad estas palabras, lo cierto es que también sería el último en rechazarlas de plano. Estaría dispuesto a defender una doctrina semejante sin rencor ninguno hacia el mundo, e incluso sin sentir el agudo dolor que parece ocultarse en el simple sentido de tales palabras.”

Y a continuación, tras esas frases en cierto modo categóricas, comienza a describir la historia de Álfgrímur, un muchacho islandés que crecerá con su abuelo pescador, todo a través de anécdotas cargadas de sinceridad, simpatía, y sabiduría popular. En resumen, un libro que cuenta una historia plenamente vigente hoy día, cuando dudamos de nuestra fe en la sociedad y en los individuos que la componen. La novela es sencilla, no simple, narrada de forma llana y accesible, casi como si fuera una narración oral que empuja al lector con una prosa danzante, misteriosa y subyugante. Al estilo de las baladas islandesas (rómur, según parece), la entrada en la madurez de Álfgrímur se desgrana con un sentido del humor en extremo peculiar, típico del país, con un bellísimo hincapié en los detalles, en las pequeñas historias que conforman su universo de pescadores, comerciantes y granjeros. 

Conseguir trasladarnos hasta un país tan lejano geográfica, social y culturalmente es uno de los grandes méritos de esta bella novela. Laxness en la búsqueda de su estilo en esta novela se remonta a las sagas de los Vikingos, a ese espíritu naturalista que recorre las páginas: las fuerzas telúricas, el amor hacia las cosas banales, la conciencia pura y sin dobleces.
Todos estos rasgos, y algunos más, unen al lector con la historia narrada de una manera singular, con un lazo firme y cálido.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Esos otros autores olvidados...

Llegué a Brodkey por equivocación, pienso a veces. Yo no quería comprarlo, pero el librero me insistía tanto que al final accedí para que se callara. "Si te gusta John Updike, no sé por qué te vas a perder a Brodkey, que es mucho mejor". En fin, que me llevé el libro de marras y mira por dónde, hallé uno de mis mejores descubrimientos...

Brodkey, que está considerado un genio evasivo y de lenta producción, y que cuyos escritos lo colocan a la altura según los críticos del mismísimo Marcel Poust, escribió como nadie sobre la muerte, el poder, la fama y la inmortalidad de la literatura.
Y así fue como terminó mi vida, y comenzó mi morir. No puedo cambiar el pasado, y no creo que lo hiciera. No espero ser comprendido. Me gusta lo que he escrito, los cuentos y las dos novelas. Si me ofrecieran verme libre de esta enfermedad a cambio de mi obra, no lo aceptaría. ¿Paz? Nunca la hubo en el mundo. Pero en viaje por las dóciles aguas, bajo el cielo, sin amarras, yo oigo ahora mi risa, primero nerviosa, luego de auténtico asombro. Me rodea por entero.”

¿Qué quedó de Harold Brodkey? A diez años de su muerte, la pregunta resuena contra un muro de silencio. En Estados Unidos, donde supo ser una rutilante promesa y una celebridad literaria de primera línea, sus libros están agotados y son inconseguibles, y poco y nada se discute sobre una obra que levantó enormes controversias entre los críticos desde los años ‘60.

Alguien escribió, con muy buen tino, que Brodkey escribe como si compusiera una sinfonía, describiendo estados de ánimo, entrelazados con algunos hechos, que va repitiendo incansablemente, con ligeras variaciones (adiciones y sustracciones) cada vez: son los temas; o el Tema: el amor, con la red de relaciones personales de dominación y sumisión que crea. Pocas veces narra “hechos”... a veces, algún fragmento de una conversación. Pero cuando has leído 40 páginas, sientes que nunca has estado ante personajes tan reales (de cuya biografía apenas sabes nada) y que nunca has estado tan cerca de nadie como de ellos.

He conseguido un extracto maravilloso de lo publicado por un periódico argentino con motivo de la muerte de HB:
“Por Rodrigo Fresán
Harold Brodkey (1930-1996) solía afirmar en privado y en público que, a lo largo de los años, Norman Mailer, John Cheever, Saul Bellow y John Updike no habían dejado de robarle indiscriminada y descaradamente “mis oraciones”. No conforme con ello, Brodkey también aseguraba que su belleza había hecho sucumbir a hombres (arrancando con su padrastro, parece) y mujeres (Marilyn Monroe incluida), que el ser tan irresistible se había traducido en varios intentos frustrados de secuestro, que Sean Connery se había inspirado en su look y modales para el rol de Indiana Jones y la última cruzada. Y —si de lo que se trataba era de precisar su propio sitio e importancia dentro de la literatura— no vacilaba en responderle a un periodista que no era tarea sencilla vivir sabiéndose el mejor y más genial escritor de todos los tiempos al Oeste de Marcel Proust. En resumen: nadie dudaba de que Brodkey era un mitómano narcisista con posibles destellos de psicosis paranoica. Algunos diagnosticaban su ambición con un “está loco”, resumían su obra como una “apología de la masturbación” y calificaban su figura —así lo evocó el elegante James Salter en sus memorias— como la de “un tipo problemático”. Del otro lado, cuando eran testigos de alguna de sus habituales diatribas y bravuconadas que intimidarían hasta a Cassius Clay, sus cada vez menos amigos se limitaban a mirar al cielo y sonreír un entre divertido y resignado “Oh, Harold”. Apreciar y catalogar su obra, sin embargo, no era y no sigue siendo tan sencillo aunque sí capaz de provocar un —otro— “Oh, Harold” de signo e intensidad muy diferentes.

Una cosa es segura: la suya fue —y ahí están los libros, esos fantasmas que siempre viven más que el autor— una de las empresas más solitarias, arriesgadas, ambiciosas y, tal vez, más imposibles de llevar a cabo. Porque lo que Brodkey quería alcanzar —y así lo hizo saber en la clásica entrevista de The Paris Review cuando se le preguntó cuál era su ideal—- era “alterar la conciencia, cambiar el lenguaje de tal manera que todas aquellas formas de conducta a las que yo me opongo se vuelvan absurdas, impopulares, improbables. Lo que intentas es trabajar por una cultura que se tome seriamente al tiempo y la conciencia y no tan solo como parte de una de las tantas mareas de la moda. ¿Los ideales? Los ideales son para los que escriben esos textos en las postales de felicitación que se envían durante bautismos, bodas y cumpleaños”.

Y, otra vez, ahí está su obra como evidencia incontestable. Los relatos “normales” de Primer amor y otros pesares destacando el magnífico “Educación sentimental” donde, lo siento, parecería que es Brodkey quien le roba sus oraciones a Cheever. Los fulgurantes y turbulentos experimentos que convierten a Relatos a la manera casi clásica en una colección indispensable a la hora de apreciar todo lo que se puede conseguir o extraviar dentro del formato cuento. La meganovela fluctuante y seguramente frustrada El alma fugitiva. La inesperadamente plácida novela homoveneciana Amistad profana. Y esa descarnada y valiente y por momentos alucinada y esquiva coda funeraria —primero publicada en capítulos en The New Yorker, su alma mater— que es Esta salvaje oscuridad. (Julian Barnes felicitó a Tina Brown, la editora de la revista, por haberse “atrevido a publicarlo todo” incluyendo los raptos megalómanos; la respuesta de Brown fue: “Ah, Julian, si supieras lo que dejamos afuera”.) 

Después, desde el otro lado —póstumos— nos llegaron los todavía inéditos en castellano My Venice (fragmentos turísticos éditos e inéditos), The World is the Home of Love and Death (relatos y extractos de lo que, se supone, sería la continuación de El alma fugitiva) y la sorpresa de los muy concisos y divertidos ensayos reunidos en Sea Battles on Dry Land. Todos y cada uno de estos títulos unidos por lo que, sin dudarlo, constituye una de las grandes aventuras del lenguaje dentro de la literatura norteamericana. Ese idioma/avalancha que inaugura Melville, entronca con Faulkner, sigue con William Gaddis y que, después de Brodkey, salta hasta David Foster Wallace.

Y la comparación entre Brodkey y Wallace —y sus dos novelas-mamut, El alma fugitiva y La broma infinita, respectivamente— quizá ayude a clarificar lo que puede llegar a ocurrir con un gran escritor. Como la de Brodkey, la novela de Wallace gira alrededor del tema de la familia como trauma inspirador y conspirador. Una y otra pueden ser calificadas como “experimentales” aunque la de Brodkey mira hacia atrás y la de Wallace hacia delante. Es decir: la primera (Brodkey) es un artefacto nostálgico cuya aspiración es la de superar a los maestros y cerrarles la puerta en la cara a sus contemporáneos, mientras que la segunda (Wallace) va en plan vista al frente y sólo le interesa ser avanzada sin sentir rencor alguno por los generales del ayer. Brodkey anunció durante años su mágnum-opus (refinanciando con pericia, como Truman Capote por sus Plegarias atendidas, numerosos y cuantiosos adelantos) preparando demasiadas veces a los mortales para la perfección que se avecinaba y que, demasiado tarde, resultó perfectamente imperfecta. El parto del monstruo de Wallace estuvo marcado —desde meses antes de su salida— por una cuidadosa y astuta estrategia de marketing con el manuscrito entregado. Es decir: la novela de Wallace existía mientras que la novela de Brodkey —riesgos de trabajar con material autobiográfico— había sido suplantada por Brodkey. Wallace se hizo célebre por lo que publicó mientras que la fama de Brodkey se debía a lo que no publicaba. Y Brodkey —autor y personaje— caía mal. Así que —cuando Brodkey decidió finalmente editar, sin dejar de advertir que El alma fugitiva era apenas el avance contundente de la tan mentada obra maestra— el chiste perdió su gracia y se desenvainaron las espadas. Después, casi enseguida, más furioso que nunca, Brodkey se dedicó a morir a lo largo de tres años descubriendo que el acto en cuestión era “todavía más aburrido que una novela de Updike” o algo así. No hay drama: “La vida tampoco es muy interesante”, agregó Brodkey.

Aquí y ahora —once años después— casi nadie menciona su nombre. Alguna vez firmas como Harold Bloom, Don DeLillo y Salman Rushdie defendieron su gesta, pero hoy nadie jura por su nombre (ver el reciente libro de listas de 125 colegas, The Top Ten, donde nadie lo elige) y el pasado mayo, en la librería neoyorquina The Strand, un ejemplar de la primera edición de El alma fugitiva autografiado (la firma enorme y avasallante, cruzando en diagonal toda la página de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha) se ofrecía por apenas diez dólares que yo pagué con gusto y sin dudas.

¿Y qué es lo que queda? Mucho, suficiente: extáticos relatos que quitan el aliento (como aquel del director de cine, aquel otro del orgasmo y ese sobre lo que experimenta un bebé al ser alzado en brazos por su padre, ganador de un Premio O’Henry) y parrafadas formidables —”estados de ánimo convertidos en opiniones”— de una audacia que pocos narradores han tenido y aún menos tendrán. Uno de esos escritores para los que el estilo es lo único que vale. Alguien que establece de entrada un pacto con el lector a quien le pide todo, porque siente que él, antes, ha entregado el universo y más allá. Un titán que, en algún momento humilde, se definió como “un adolescente en reversa” consciente de que “la irrealidad de lo que es real y el hecho de que yo la viva, de todos modos, como algo irreal, es mi forma de soñar despierto” para, de inmediato, recuperar el soberbio tono muscular de su cerebro: “Es peligroso ser tan buen escritor como yo”.

Y de acuerdo: de algún modo, leer a Brodkey es peligroso porque —en su inevitablemente frustrada aspiración, en el orgullo de su entrega— nos hace conscientes de lo lejos que se puede llegar sin que eso signifique haber llegado. Aún así, quién le quita lo bailado, lo escrito, lo amado a un hombre que, cuando se le pedía que se explayara acerca de su affaire con Marilyn Monroe, respondía con lo que quizá —consciente o inconscientemente— define a la perfección lo que le ocurre a todo lector que se acuesta o se sienta a leer uno de sus libros: “Bueno, es un tanto intimidante encamarse con alguien que tiene diez veces más confianza y habilidad sexual que uno”

Hoy me he acordado de Nueva Zelanda


Hace frío, día nublado, casi de lluvia, y no he podido evitar acordarme de nuestro viaje hace ya año y pìco a las antípodas. 



Creo que cuando volvimos, tanto mi mujer como yo quedamos convencidos que el paraíso en la tierra existe y se llama Nueva Zelanda. 

Sabemos que vamos a volver, pero no cuándo. Pero seguro que regresaremos, la próxima vez además para quedarnos.

Unas preciosas fotos de la naturaleza existente en aquel lugar...

Lena Headey

Buena elección por cierto para el casting definitivo de la serie de HBO "Game of thrones"...
Nuestra Lena Headey de la serie "Terminator: Cronicas de Sarah Connor", o de la famosa película "300", como la reina manipuladora Cersei Lannister...

Juego de Tronos

"Tras décadas de existencia, la literatura de fantasía heroica ha ido creando mundos muchas veces innovadores y otras demasiado calcados y reiterativos del modelo Tolkien que a la larga han ido resintiendo el género y han sembrado en muchos, entre quienes me incluyo, la concepción de que todo era absolutamente igual. Pero la reentrada de George R.R Martin en la literatura fantástica (Martin dejó la literatura durante 10 años para trabajar de guionista televisivo, medio en el que creó geniales historias como "La Bella y la Bestia") nos ha hecho callar a todos los que no dábamos un duro por las macro-sagas de novelas fantásticas (o novelas-río), ¡y de qué manera!"

Este extracto de una crítica encontrada en un blog especializado en literatura fantástica y de Sci-fi refleja perfectamente el sentir de los aficionados con la irrupción de Martin en las librerías con esta saga. Esta literatura, vilipendiada por muchos de los que luego se deshacen en elogios hacia Chuck Palahniuk, ha sufrido en silencio durante décadas hasta que en época reciente ha podido tapar la boca a sus críticos con las obras del propio Martin, Steven Erikson y sus Cronicas de Malaz, o la resurrección del mejor Sapkowski con la finalización de la saga de Geralt de Rivia. Literatura adulta para adultos escrita por buenos escritores que saben tejer historias y utilizan un lenguaje más que impecable, evocador.


"La Canción de Hielo y Fuego", que ya va por su cuarto volumen y que alcanzará el sexto (de seis) pronto en USA (ya veremos cuándo llega aquí) se ha convertido en un fenómeno mundial desde que su primer volumen "Juego de Tronos" apareció en 1996. Su éxito ya ha generado juegos de tablero, de cartas coleccionables y un titánico (por su tamaño) juego de rol. En diciembre, la HBO (recordemos la magnífica serie "Roma") tendremos serie de televisión con todo lujo, rodada en Escocia, Canadá, USA, etc., buenos actores, mejor guión... vamos, para no perdérsela, incluso aquellos que no leen literatura fantástica.

Yo definiría este libro como una mezcla entre Los Borgia de Mario Puzo y "El Señor de los Anillos de Tolkien. "Juego de Tronos" nos introduce en el continente de Westeros, un lugar en el que un caprichoso evento sideral hace que las estaciones duren décadas y cuyas tierras del norte están separadas por un enorme muro de hielo de lugares salvajes y peligrosos de los que se sabe bien poco y del se explican muchas leyendas de monstruos y gigantes. Un mundo en el que los dragones se extinguieron hace cientos de años y la magia es una superchería poco creíble para los hombres que lo habitan. Una gran guerra tuvo lugar en Westeros hace tiempo: la que enfrentó a las casas de Baratheon, Stark y sus vasallos contra la casa real de Targaryen. Tras cruentos combates y muchas bajas el líder de los Baratheon, Robert, acabó con el rey Aerys Targaryen y se proclamó el nuevo rey, gracias en parte a los taimados Lannister, la casa consejera de Aerys cuyos líderes acabaron traicionándole en favor de los Baratheon cuando todo estaba perdido.

Han pasado ya muchos años de esas batallas y el otoño está acabando, el siguiente invierno se prevé como uno de los mas largos jamás vividos. En el enclave norteño de Invernalia vive Eddard Stark, el amigo y compañero de armas del rey Robert con su esposa y sus seis hijos. Hasta allí viajará Robert con su comitiva para pedir a Eddard que se convierta en su consejero, ya que el anterior, Jon Arryn, fue asesinado en extrañas circunstancias. Tras muchas reticencias y negaciones Eddard y su familia partirán finalmente hasta las cálidas ciudades del sur para ayudar a reinar a Robert y descubrir quien asesinó a Jon, iniciándose un juego de intrigas muy peligrosas. Mientras, en tierras lejanas los dos últimos descendientes de los Targaryen, Viserys y su hermana Daenerys intentan sobrevivir y recuperar su perdido reino...

Martin enlaza este primer y extenso relato (nada menos que 771 páginas, y los dos volúmenes siguientes superan ese número) de una manera magistral y fluida; cada uno de los capítulos nos es narrado desde el punto de vista de uno de los personajes y Martin tiene la habilidad asombrosa de manejar docenas de ellos sin que el ritmo decaiga, profundizando en su personalidad y aspectos psicológicos con mucha verosimilitud y complejidad, algo que en muchos relatos de fantasía se echa mucho de menos. No faltan las tramas folletinescas de envidias, traiciones familiares, batallas y diplomacias varias, en las que Martin no se corta un pelo y nos muestra actos muy duros como asesinatos, incesto, y gore puro y duro. Aún así nunca se excede con estos elementos; son totalmente lógicos en un mundo como Westeros, que recuerda a los reinos europeos del siglo XII llenos de caballeros, doncellas y gestas. La heroicidad está presente, pero no obstante todos los personajes son humanos (no de "raza fantástica" sino en humanizado) y susceptibles de caer en desgracia e incluso morir cuando menos te los esperas (una de las constantes de la obra es encariñarte con personajes a los que llevas viendo tiempo y luego estos mueran de maneras muy reales), una de los elementos que hacen grande esta novela, además de su prosa fluida y detallada pero sin ser farragosa (se les da mucha importancia a detalles como la comida, la vestimenta o la arquitectura que transmiten una visión del mundo muy viva al lector), y del suspense que Martin es capaz de imprimir al final de cada capítulo, saltando de situación en situación y de personaje en personaje, dejándonos con la miel en los labios y generando mas tensión en cada capítulo que pasa, cosa que tiene bien aprendida de su época en series televisivas y que muchos detractores han usado contra él, queriendo reducir su obra a un folletín frívolo.

Personalmente creo que no es ni una épica increíblemente solemne al estilo Tolkien ni un pulp frívolo, es un equilibrio perfecto entre los dos modelos, lo que a mi entender convierte "Juego de Tronos" en una de las mejores series que se ha escrito desde que Tolkien nos abrió las puertas de su Tierra Media. Martin y su Westeros darán mucho, muchísimo que hablar.

Mi mujer ya lo devora con ansia y tiene un cabreo porque no se ha traducido todavía el último volumen.

martes, 16 de noviembre de 2010

She and Him

Como decía P.Roberto J. en Hipersónica, "¡Ah, las estrellas de escena y la música! Son como las modelos: éstas se pasan toda la vida diciendo que están estudiando para ser actrices y, cuando por fin consiguen el papel que tanto deseaban, acabando fracasando y volviéndose con el rabo entre las piernas a sus pasarelas, sus books, sus sesiones de fotos y su estrellato ganado a base de cuerpo y cara. Las estrellas de cine prueban suerte cantando y unos pocos la tienen y una inmensa mayoría, no."
 
La última que lo intenta es Zooey Deschanel. A Deschanel la conoceréis por películas como Casi Famosos o Guía del autoestopista galáctico y por series como Weeds. Es actriz y canta, pero olviden a las petardas de Leonor Watling y Scarlett Johansson, ese par de peluqueras. Zooey se llama Zooey por la genial novelita de Salinger, aunque no consta si la ha leído o no.

Dentro de lo que cabe, ella ha tenido suerte, porque a su lado, poniéndole música a sus sueños de ser una estrella del pop, está M. Ward, uno de los músicos con más talento dentro de ese estilo de música denominado vagamente "Americana". Juntos forman She & Him.

Su primer single, "Why Do You Let Me Stay Here?", es una deliciosa muestra de que Ward y Deschanel pueden ser otra excepción a la regla. Música de hace muchos años desde una perspectiva totalmente moderna y, sobre todo, con mucha gracia. Suena a puro sixties: voces soul y guitarras folkies, ecos de Van Morrison a Sandie Shaw, y versiones de Smokey Robinson y los Beatles. Con unos agudos al borde de lo imposible, Deschanel engarza piruetas vocales en maravillosas melodías que pasan del puro pop –This Is Not A Test– al country sin despeinarle el moño. Atención a las dos maravillosas versiones: You Really Got a Hold on Me, de Smokey Robinson, y I Should Have Known Better, de The Beatles.

Señalaba Quico Alsedo en su Rock and Blog: “Canciones redondas, estribilleras pero sin chicle, soleadas a veces, crepusculares otras. Casi todas frescas aunque hablemos de una jugada revivalística con todas las letras. El disco, viva la imaginación, se llama “Volume 1”.

Tiene nuevo cd, "She and Him, vol. II", tan bueno como el primero. Quizá no tan fresco, pero sólo porque ahora ya les conocemos. 

She & Him, en resumen, son una manera encantadora de empezar el día con una sonrisa.

Tu nombre (Victoria)

Trato de escribir en la oscuridad tu nombre.
Trato de escribir que te amo.
Trato de decir a oscuras todo esto.
No quiero que nadie se entere,
que nadie me mire a las tres de la mañana
paseando de un lado a otro de la estancia,
loco, lleno de ti, enamorado.
Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote.
Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,
lo grita mi corazón amordazado.
Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,
lo digo incansablemente,
y estoy seguro que habrá de amanecer.

Pop inteligente para personas inteligentes

The Hush Sound, cuarteto de Chicago, Illinois, formado entre finales del año 2004 y principios de 2005, por Greta Salpeter y Bob Morris, una extraña pareja musical, ya que él venía de tocar rock mientras que ella era una pianista de música clásica. Posteriormente se les unirían Chris Faller y Darren Wilson, con lo que tendríamos la formación al completo.

Mezclas de pop, sonidos alegres y guitarras de las buenas hacen que el sucesor de Like Vines, su segundo cd (2006), Goodbye Blues (2008), haya pasado directamente desde el cd hacia mi iPod. Debo destacar que una de las grandes gracias de esta banda es que cuenta con dos vocalistas, Bob Harris por un lado, con una voz bastante agradable y que le pone un toque algo agresivo a sus canciones y por otro lado tenemos a Greta Salpeter, con una voz dulce que te hipnotiza en cada canción que ella canta.

El disco Goodbye Blues está plagado de hits, uno tras otro no paran de sonar. Es como una pequeña maquinita de sensaciones dulces, que no te suelta ni un segundo. De hecho, cuando escuché este disco por primera vez me sorprendí, era increíble la atmósfera que crean las canciones. El disco, como dije antes, mezcla sonidos muy pop, estribillos muy pegadizos y sobre todo, esas guitarras que a mí me gustan tanto. La gracia de The Hush Sound radica en que, al mezclar dos vocalistas, hace que el disco no se vuelva monótono, cada vocalista sabe ponerle lo suyo a la canción que interpreta. Por otro lado, las canciones están puestas en un orden muy acertado, así que por favor, escuchadlo en el orden establecido.

Este disco es como un pequeño encantamiento, lleno de emociones que a la vez se mezclan con sonidos rockeros. Basta escuchar la canción As You Cry para darse cuenta de lo que intento decir. Si bien entre mis favoritas están las canciones que canta Greta, no puedo dejar de rendir también pleitesía a las canciones que canta Bob, un acierto por donde se le mire esto de poseer dos vocalistas. El disco cuenta con 13 tracks (11 canciones per se, 1 intro y una instrumental) que, sinceramente, se pasan volando. Es un viaje, con sonidos de pianos, guitarras, voces agradables, arreglos bien hechos y coros muy preparados.

Hay gente que los compara con Panic at the disco y creo que no se equivocan del todo, siento un cierto parecido en los pianos, pero The Hush Sound es otra cosa, mucho mejor hecha, mucho mejor llevada. Mucho más ameno, mucho menos plástico.

Disco lleno de emociones, derroche de talento y hits al por mayor es lo que vais a encontrar si escuchais este buenísimo tercer disco de The Hush Sound. Mis canciones favoritas son Honey, Medicine Man, Molasses, As You Cry, Hospital Bed Crawl y en general todo el disco. The Hush Sound consigue que sus canciones tengan un cierto aire atemporal: podría haberlas escuchado hace seis años, y dentro de los próximos seis, sin quedar en modo alguno obsoletas.
Ahora ya sabemos que han hecho un paréntesis en su carrera conjunta. Mientras vuelven, podemos disfrutar del proyecto Gold Motel, de Greta, y algo similar en el grupo Lenka, que ha heredado lo mejor de los verdaderos pioneros de este sonido, The Hush Sound.

Almas Muertas

Al igual que muchos compañeros bloggeros, la literatura rusa me fascina. Era pequeño (relativamente) cuando leí "Humillados y ofendidos" y ya entonces me gustó. A partir de ese momento inicié un viaje a través de los grandes autores que Rusia ha dado al mundo para goce de lectores ávidos (como yo) de buenas historias con transfondo psicológico y social. El otro día lo comentaba con un compañero del trabajo, el bueno de Tomás, quien por cierto me sorprendió muy gratamente con su conocimiento literario. A lo que íbamos, él venía a decir que fuera de la pulcritud formal de los grandes maestros rusos, había que ser de acero (o un tipo optimista) para profundizar en esos libros y no resultar afectado. No opino lo mismo, a pesar que uno ha de reconocer que el carácter ruso es especialmente duro y triste, trágico, que dirían algunos...

En todo caso, Nikolai Gogol es, con su obra "Almas muertas", al lado de Dostoievsky, el escritor ruso que más hondo ha conseguido calar en mí.

"Almas muertas", creada entre 1826 y 1842 principalmente en Roma, donde Gogol pasó ese tiempo, es la obra considerada como su mejor trabajo y una de las mayores novelas de la literatura universal. En su estructura, "Almas muertas" es semejante al Don Quijote de Cervantes. Sin embargo, su extraordinaria vena humorística se deriva de una concepción única, extremadamente sardónica: el consejero colegial Pável Ivanovich Chichikov, un aventurero ambicioso, astuto y falto de escrúpulos, va de un lugar a otro comprando, robando y estafando para conseguir los títulos de propiedad de los sirvientes que aparecen en los censos anteriores pero que han muerto recientemente, por lo cual se les llamaba 'almas muertas'. Con estas 'propiedades' como aval, planea conseguir un crédito para comprar una propiedad con 'almas vivas'.

Los viajes de Chichikov ofrecen una ocasión perfecta al autor para llevar a cabo profundas reflexiones sobre la degradante y sofocante influencia de la servidumbre, tanto para el siervo como para el amo. En esta obra aparecen asimismo un gran número de personajes, brillantemente descritos, de la Rusia rural. Almas muertas fue un modelo para las generaciones posteriores de escritores rusos. Además, muchos de los ingeniosos proverbios que aparecen a lo largo de la narración, han entrado a formar parte del refranero ruso. En el momento de su publicación, Almas muertas estaba llamada a constituir la primera parte de una obra más amplia; Gógol comenzó a escribir la continuación pero, en un ataque de melancolía debido a una crisis religiosa, quemó el manuscrito.

Todos estos personajes llega a retratar Gogol con suma precisión y con una descripción tan aguda y llena de expresividad que asistimos en si a un cuadro preciso de caracteres construidos no a base de personas reales sino de la mente del autor que nos ayuda a mostrar su propia visión de la realidad que lo pone como a contribuidor al desarrollo del pensamiento . Ante todo Gogol pone como misión del escritor el servicio al desarrollo humano y pretende en esta novela, más allá de un tono moralizante que pretende ayudar a mejorar la situación de su Rusia natal, concluye que la misma redención de la colectividad rusa es llevada a cabo por el camino del cristianismo y la preservación de la identidad del pueblo ruso. Pese a que no es un crítico radical de las instituciones sociales de su país Gogol desnuda con su implacable sátira la triste y deplorable condición que se cierne sobre la Rusia zarista y predice el desmoronamiento total del sistema tras su irremediable descenso.

Es en algún modo una lástima que haya quedado inconclusa esta obra maestra; aquí sin embargo es necesario decir de ese cambio de estilo en la segunda parte que demuestra ante todo el tono redentor del autor. Gogol tenía la intención de que la obra constaría de tres partes que sería cada una el equivalente de las tres partes de la divina comedia: Infierno, Purgatorio y paraíso. La segunda Parte contiene personajes menos banales y que muestran algunas honrosas cualidades, pero en cambio el sentido del humor aparece menos y los caracteres no alcanzar a ser tan luminosos como los de la primera parte aunque destaquen el gentil y ansioso de la comida Pteukh y la virtuosidad de Murazov, personaje que representa el espíritu cristiano universal y ese anhelo moral que Gogol considera lo imprescindible para la elevación moral del ser humano.

No obstante el enfrentamiento que sostuvo dentro de su mente su intención artística y su creencia en la fe ortodoxa cristiana le produjeron una crisis emocional que hizo que lanzara al fuego la segunda parte. En parte esto se debía a su espíritu romántico que empecinado en la esmerada descripción y el gran uso de la imaginación

La genialidad de Gogol se encuentra en que fue el iniciador de toda una corriente literaria de su país que logro alcanzar con Dostoievsky y Tolstoi las cumbres de lo universal e influir en el desarrollo de la literatura moderna.

La novela no se descubre en unas pocas líneas, como sucede tan a menudo en algunas otras obras mediocres, nacidas para mostrar una tesis pre-formulada, sino que supera su concepto original para convertirse, como "La Divina Comedia" en un viaje iniciático en el que un Virgilio, invisible, nos guiará por esa selva oscura en la que será nuestra más bella mentira y la peor forma de locura: la realidad.